Javier Bata­rri­ta, La pri­me­ra víctima

Ni José Par­di­nes y Txa­bi Etxe­ba­rrie­ta (1968), como se ha pen­sa­do mucho tiem­po, ni la niña Bego­ña Urroz (1960), como insis­te en sos­te­ner una fal­sa ver­sión ofi­cial. La pri­me­ra víc­ti­ma del con­flic­to tras el naci­mien­to de ETA se lla­ma­ba Javier Bata­rri­ta Elex­pu­ru y murió hace 53 años en Bil­bo, ame­tra­lla­do por la Poli­cía fran­quis­ta «por error». En reali­dad que­rían aca­bar con mili­tan­tes de aque­lla nue­va orga­ni­za­ción. Esta es la historia.

Es com­pli­ca­da la refe­ren­cia a la pri­me­ra víc­ti­ma del lla­ma­do con­flic­to vas­co, en su fase más recien­te, cuan­do las fran­jas tem­po­ra­les del mis­mo no son com­par­ti­das y, en muchos casos, obe­de­cen a guio­nes pre­fa­bri­ca­dos de rela­tos enla­ta­dos por la pro­pa­gan­da. Es difí­cil esta­ble­cer una fran­ja nomi­nal con un prin­ci­pio y final al citar a las víc­ti­mas cuan­do éstas, obvia­men­te, cobran pro­ta­go­nis­mo a par­tir de la con­cul­ca­ción de sus dere­chos huma­nos y colectivos.

Al tra­tar­se, ade­más, de una épo­ca de par­ti­da don­de la nega­ción de esos dere­chos rebo­sa­ba cual­quier ter­mó­me­tro al uso. Des­de el dere­cho al sufra­gio, has­ta el de la vida, pasan­do por el de la liber­tad de pren­sa, lin­güís­ti­co, mani­fes­ta­ción, aso­cia­ción o cual­quier otro de los cita­dos en la ris­tra de Nacio­nes Unidas.

Es difí­cil esta­ble­cer una fran­ja de par­ti­da de la épo­ca que nos ocu­pa cuan­do, como ha recor­da­do tor­ti­ce­ra­men­te el Gobierno espa­ñol en la Que­re­lla Argen­ti­na, no se pue­de exi­gir la apli­ca­ción de dere­chos huma­nos a un esta­do que no daba vali­dez a los mis­mos. Unos dere­chos que fue­ron pro­mul­ga­dos en diciem­bre de 1948, en la Decla­ra­ción Uni­ver­sal de los Dere­chos Huma­nos, a los que Espa­ña se fue suman­do gra­dual­men­te con noto­ria len­ti­tud: sobre la Eli­mi­na­ción de todas las For­mas de Dis­cri­mi­na­ción Racial en 1968, sobre los Dere­chos Eco­nó­mi­cos, Socia­les y Cul­tu­ra­les y, asi­mis­mo sobre los Dere­chos Civi­les y Polí­ti­cos en 1977, sobre la eli­mi­na­ción de todas las For­mas de Dis­cri­mi­na­ción con­tra la Mujer en 1984, con­tra la Tor­tu­ra y Otros Tra­tos o Penas Crue­les, Inhu­ma­nos o Degra­dan­tes en 1987 o sobre los dere­chos del Niño en 1990.

Es com­ple­jo hacer­lo cuan­do coin­ci­dien­do con la pro­mul­ga­ción uni­ver­sal de los DDHH de 1948 y en un hecho que se me anto­ja sim­bó­li­co, dada la impor­tan­cia que ofre­ce Espa­ña a la metá­fo­ra, el Gobierno fran­quis­ta eje­cu­tó a dos vas­cos en Bar­ce­lo­na, Félix Pérez de Laza­rra­ga (de Gas­teiz) y Andrés Mella­do (de Portugalete).

Es enre­da­do hacer­lo de for­ma mul­ti­la­te­ral, metien­do en el mis­mo saco al Esta­do y a su opo­si­ción, ponien­do en el mis­mo nivel a ambos, cuan­do esa mis­ma Decla­ra­ción Uni­ver­sal era suma­men­te explí­ci­ta en su preám­bu­lo: «Con­si­de­ran­do esen­cial que los dere­chos huma­nos sean pro­te­gi­dos por un régi­men de Dere­cho, a fin de que el hom­bre no se vea com­pe­li­do al supre­mo recur­so de la rebe­lión con­tra la tira­nía y la opresión».

La fra­se en cues­tión fue el argu­men­to esgri­mi­do para habi­li­tar en no pocos esce­na­rios del pla­ne­ta las rebe­lio­nes con­tra las metró­po­lis, inclu­so la insu­rrec­ción con­tra regí­me­nes anti­de­mo­crá­ti­cos como el que nos ocu­pa. Un recur­so que legi­ti­ma­ba en nues­tro esce­na­rio cer­cano todas las for­mas de rebe­lión, inclui­das las que ima­gi­na­mos unos y otros.

Es arduo entrar, en con­se­cuen­cia, en esos lími­tes tem­po­ra­les que hicie­ron enton­ces los medios de comu­ni­ca­ción pro­rra­tea­dos has­ta la actua­li­dad y dados por bue­nos por esos his­to­ria­do­res pro­fe­sio­na­les que recla­man para sí el pro­ta­go­nis­mo de un rela­to ofi­cial, mar­ca­do ideo­ló­gi­ca­men­te por la defen­sa a ultran­za de la Razón de Esta­do. Un rela­to que des­de enton­ces has­ta aho­ra apun­ta a una cues­tión de «con­tra­in­sur­gen­cia», rein­ven­ta­da aho­ra por el Gobierno Vas­co en «con­tra­te­rro­ris­mo», en jus­ti­fi­ca­ción a la con­cul­ca­ción masi­va de dere­chos por par­te del Esta­do español.

Aún así, y con la mati­za­ción reite­ra­ti­va de que, des­de mi modes­ta opi­nión, el pun­to de par­ti­da no es el acer­ta­do, la nota del naci­mien­to de ETA como ori­gen de la con­cul­ca­ción de un dere­cho fun­da­men­tal como es el de la vida, se move­ría en unas coor­de­na­das que no son las obje­ti­vas, la de las muer­tes de Txa­bi Etxe­ba­rrie­ta y el guar­dia civil José Par­di­nes en 1968. Des­car­ta­do el «fal­se flag» (pro­pa­gan­da negra) sobre Bego­ña Urroz, ya denun­cia­do des­de estas mis­mas pági­nas antes de que la aper­tu­ra de los archi­vos poli­cia­les lo corro­bo­ra­ra, la cues­tión se cen­tra­ría en ¿quién fue la pri­me­ra víc­ti­ma mor­tal en los rela­tos que sugie­re para ese tiem­po el Esta­do? La res­pues­ta es úni­ca: Javier Bata­rri­ta Elexpuru.

El 27 de mar­zo de 1961, ins­pec­to­res del Cuer­po Gene­ral de Poli­cía, jun­to a guar­dias civi­les y núme­ros de la Poli­cía Arma­da, se apos­ta­ron fren­te a la gaso­li­ne­ra de la cues­ta de Mira­flo­res, en Bolue­ta, a la entra­da de Bil­bo. Casi a las diez de la noche del mis­mo día, des­pués de parar un «peu­geot 403» y abrir sus puer­tas, los poli­cías dis­pa­ra­ron con­tra sus ocu­pan­tes. Los agen­tes del Esta­do, des­pués de efec­tuar el ame­tra­lla­mien­to, aban­do­na­ron par­si­mo­nio­sa­men­te el lugar, con­ven­ci­dos de que aca­ba­ban de eje­cu­tar a Julen Mada­ria­ga, José Mari Beni­to del Valle y Manu Agi­rre. En el inte­rior del vehícu­lo Javier Bata­rri­ta, de 33 años, había falle­ci­do. José A. Balles­te­ros, el segun­do ocu­pan­te del coche, se deba­ti­ría duran­te varias sema­nas entre la vida y la muerte.

El «Cri­men de Bolue­ta», como se le deno­mi­na­ría en lo suce­si­vo por las fuer­zas pros­cri­tas, deja­ría cons­tan­cia para la pri­me­ra gene­ra­ción de mili­tan­tes de ETA, de que no esta­ban ante una cons­pi­ra­ción de salón, y que deter­mi­na­das acti­tu­des fue­ra de la línea habi­tual de la opo­si­ción se podían pagar con la vida. En este caso tres jóve­nes aje­nos a cual­quier orga­ni­za­ción (el heri­do gra­ve era hijo del exgo­ber­na­dor civil de Oren­se), habían sido lite­ral­men­te fusi­la­dos, y lo habían sido en fun­ción de que las fuer­zas poli­cia­les los habían creí­do mili­tan­tes de ETA que has­ta enton­ces se dedi­ca­ba a hacer pin­ta­das con la pala­bra «Aska­ta­su­na», recor­dan­do el bom­bar­deo de Ger­ni­ka y estu­diar his­to­ria vasca.

Julen Mada­ria­ga, el obje­ti­vo de la acción poli­cial, poseía un coche de las mis­mas carac­te­rís­ti­cas y color que Javier Bata­rri­ta. Sin embar­go, duran­te esas fechas Mada­ria­ga se encon­tra­ba en la uni­ver­si­dad ingle­sa de Cam­brid­ge. La pis­ta que al pare­cer siguió la poli­cía, pro­ve­nía de una reu­nión que habían cele­bra­do Beni­to del Valle y Manu Agi­rre en Gas­teiz con Rubén López de Laka­lle y Angel Aran­za­bal para for­mar un gru­po de ETA en la capi­tal alavesa.

La poli­cía, que tenía noti­cias de la reu­nión sin con­fir­mar el lugar, bus­ca­ba el coche de Mada­ria­ga (un «peu­geot gris») en las entra­das de Bil­bo. Beni­to del Valle, quien vol­vía ese mis­mo día de Gas­teiz, con­du­cía un «Seat 1400» negro. Este es el rela­to de una revis­ta del PNV: «A las 9:48 (de la noche) exac­ta­men­te, nota­mos una olea­da de ner­vio­sis­mo en el ins­tan­te en que un auto­mó­vil «Peu­geot» 403, des­ca­po­ta­ble, color cla­ro, se acer­ca a unos 50 kms/​h al pues­to de gaso­li­na. Un guar­dia civil detu­vo el coche y apun­tan­do al con­duc­tor con su metra­lle­ta le orde­nó esta­cio­na­ra en la esqui­na. El con­duc­tor, alar­ma­do, obe­de­ció, sacó la mano, detu­vo el auto­mó­vil y abrió la por­te­zue­la para ave­ri­guar qué pasa­ba. Sonó un dis­pa­ro y lue­go se sin­tió el tra­que­teo de metra­lle­tas mez­cla­do con dis­pa­ros de fusil y pis­to­la. Los dis­pa­ros con­ti­nua­ron con furor unos segun­dos. El con­duc­tor cayó como un far­do. De su boca salió un cho­rro de san­gre que se mez­cló con los res­tos de acei­te de la carre­te­ra y dejó una gran man­cha de color parduzco».

Al día siguien­te, Ibá­ñez Frei­re, gober­na­dor de Biz­kaia, alum­bra­ba una nota en la que se anun­cia­ba la «ver­sión ofi­cial»: «Las fuer­zas de poli­cía habían reci­bi­do una noti­fi­ca­ción de Vito­ria comu­ni­can­do que un vehícu­lo con idén­ti­cas carac­te­rís­ti­cas al del Sr. Bata­rri­ta lle­va­ba a tres terro­ris­tas arma­dos. Por error de vehícu­lo, se ha esca­pa­do un dis­pa­ro y hay que lamen­tar un muer­to y un heri­do gra­ve». En reali­dad, Bata­rri­ta había reci­bi­do 49 impactos.
El «escar­mien­to» pare­cía la razón de mayor peso a la hora de enjui­ciar la acti­tud poli­cial. Aban­do­na­ron el lugar (vol­vie­ron cuan­do tuvie­ron cons­tan­cia de la «equi­vo­ca­ción» para borrar las hue­llas del cri­men) sin preo­cu­par­se por el esta­do de las víc­ti­mas. Inclu­so Balles­te­ros, el heri­do gra­ve que que­da­rá para­lí­ti­co de por vida ya que una bala se le alo­jó en la espi­na dor­sal, fue reco­gi­do por los veci­nos e ingre­sa­do de for­ma clan­des­ti­na en un hos­pi­tal, bajo nom­bre fal­so, para ocul­tar su pro­ba­ble iden­ti­dad de resis­ten­te, que a la pos­tre no iba a exis­tir. La viu­da de Bata­rri­ta lla­mó ase­si­nos a los poli­cías del Hos­pi­tal de Basur­to. Su osa­día le lle­vó a ser dete­ni­da en la comi­sa­ría de Indautxu.

Los medios pro­rra­tea­dos has­ta hoy tam­bién cum­plie­ron su papel. “Es humano errar aun­que los yerros ten­gan a veces tan dolo­ro­sas con­se­cuen­cias”, escri­bió el Correo Espa­ñol. Los jue­ces tam­bién. Diez poli­cías serían juz­ga­dos por el Cri­men de Bolue­ta. El resul­ta­do fue la abso­lu­ción. Como pre­vi­si­ble­men­te suce­de­rá con el caso de Iñi­go Caba­cas, nadie fue capaz de iden­ti­fi­car al autor (auto­res) de los disparos.

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